Actitud,
fuerza interior, empowerment… parece que todo gira en torno a lo mismo. De
hecho, suena incluso sencillo.
Lo
cierto es que la vida nos da lecciones día a día, lecciones a las que podemos
estar atentos o no prestar atención. Hace apenas unos días alguien me dijo “la actitud es lo que te empuja, lo que te
saca hacia adelante”. Ese alguien me contaba como ha sido, precisamente
eso, la actitud, lo que realmente le está ayudando a salir de una situación
complicada, en la que su salud está en juego.
Ahí
me quedé yo... pensando… re-escuchando la frase y dándome cuenta de cómo
aprendemos la teoría y lo difícil que es ponerla en práctica.
La
actitud es la cara que cada uno le pone
a la vida, determinante ante todas las circunstancias que se nos plantean.
Lo bueno es que depende completamente de nosotros mismos, somos sus gestores. Si de
repente un día descubriéramos que existe un jarabe o loción cuyo efecto es ver
los problemas a menor escala y hacer brillar las cosas positivas, la mayoría lo
compraríamos antes de que terminara el anuncio. Pues bien, la actitud es algo
así. Claro, que para que dé resultado hay que desechar ciertos
ingredientes contaminantes que podrían entorpecer ese preciado efecto. El pesimismo es el principal.
¿Cómo
revitalizar nuestra actitud? Lo primero, debemos concienciarnos de que somos
nosotros los que gestionamos nuestras circunstancias de una forma u otra. A la
vez, se deben minimizar en nuestros planteamientos diarios aquello que hace que pensemos
que no podemos hacer nada ante lo que nos ocurre, como hacen “la culpa ajena" o
“la mala suerte”.
Toma el control, tú y sólo tú eres el dueño/a
de tu vida
Actitud
es afrontar nuestra realidad. Negarla o intentar cambiarla a la fuerza es
inútil, hace que nuestro ánimo, nuestras ganas de continuar se frustren. Si
aceptamos nuestras circunstancias seremos capaces de verlas desde otra óptica,
desde la real y de ese modo conseguiremos actuar en consonancia.
Somos
nosotros los que nos suministramos esa dosis de jarabe mágico. No
desperdiciemos la vida echándonos piedras en el bolsillo. Impulsémonos con ese
motor que TODOS tenemos, nuestra actitud.
Os dejo un breve cuento que muestra cómo manteniendo en forma ese motor, una pequeña semilla logró alcanzar el cielo a pesar de las adversidades. Algo que puede parecer totalmente metafórico, pero si reflexionamos y miramos a nuestro alrededor nos daremos cuenta de que es completamente real.
Hubo una vez 4 semillas amigas que llevadas por el viento fueron
a parar a un pequeño claro de la selva. Allí quedaron ocultas en el suelo,
esperando la mejor ocasión para desarrollarse y convertirse en un precioso
árbol.
Pero cuando la primera de aquellas semillas comenzó a germinar,
descubrieron que no sería tarea fácil. Precisamente en aquel pequeño claro
vivía un grupo de monos, y los más pequeños se divertían arrojando plátanos a
cualquier planta que vieran crecer. De esa forma se divertían, aprendían a
lanzar plátanos, y mantenían el claro libre de vegetación.
Aquella primera semilla se llevó un platanazo de tal calibre,
que quedó casi partida por la mitad. Y cuando contó a las demás amigas su
desgracia, todas estuvieron de acuerdo en que lo mejor sería esperar sin crecer
a que aquel grupo de monos cambiara su residencia.
Todas, menos una, que pensaba que al menos debía intentarlo. Y
cuando lo intentó, recibió su platanazo, que la dejó doblada por la mitad. Las
demás semillas su unieron para pedirle que dejara de intentarlo, pero aquella
semillita estaba completamente decidida a convertirse en un árbol, y una y otra
vez volvía a intentar crecer. Con cada nueva ocasión, los pequeños monos
pudieron ajustar un poco más su puntería gracias a nuestra pequeña plantita,
que volvía a quedar doblada.
Pero la semillita no se rindió. Con cada nuevo platanazo lo
intentaba con más fuerza, a pesar de que sus compañeras le suplicaban que
dejase de hacerlo y esperase a que no hubiera peligro. Y así, durante días,
semanas y meses, la plantita sufrió el ataque de los monos que trataban de
parar su crecimiento, doblándola siempre por la mitad. Sólo algunos días
conseguía evitar todos los plátanos, pero al día siguiente, algún otro mono
acertaba, y todo volvía a empezar.
Hasta que un día no se dobló. Recibió un platanazo, y luego
otro, y luego otro más, y con ninguno de ellos llegó a doblarse la joven
planta. Y es que había recibido tantos golpes, y se había doblado tantas veces,
que estaba llena de duros nudos y cicatrices que la hacían crecer y
desarrollarse más fuertemente que el resto de semillas. Así, su fino tronco se
fue haciendo más grueso y resistente, hasta superar el impacto de un plátano. Y
para entonces, era ya tan fuerte, que los pequeños monos no pudieron tampoco
arrancar la plantita con las manos. Y allí continuó, creciendo, creciendo y
creciendo.
Y, gracias a la extraordinaria fuerza de su tronco, pudo seguir
superando todas las dificultades, hasta convertirse en el más majestuoso árbol
de la selva. Mientras, sus compañeras seguían ocultas en el suelo. Y seguían
como siempre, esperando que aquellos terroríficos monos abandonaran el lugar,
sin saber que precisamente esos monos eran los únicos capaces de fortalecer sus
troncos a base de platanazos, para prepararlos para todos los problemas que
encontrarían durante su crecimiento.


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